El abuelo de mi mujer, Dionisio (D.E.P.), estuvo preso en Albatera. Yo soy incapaz de relatar con la maestría de mi cuñado la crónica de todas sus aventuras; como tanquista, como preso, como anónimo silenciado durante la dictadura,… Pero el otro día una imagen de entre las muchas que recordamos de su vida me impactó especialmente: dos mujeres jóvenes que viajan hasta Albatera a rescatar a su novio y a su primo y hermano. La abuela de mi mujer y su prima.

Dos mujeres que viajan solas con un salvoconducto en la mano para rescatar a un novio tanquista. 

Imagino la incerteza de la validez del salvoconducto; esa cadena de promesas vagas y esperanzas poco razonables reflejadas en un papel que puede significar todo o no valer nada. Sobre todo imagino esa incerteza frente a la certeza de los galones del tanquista y el recuerdo de sus visitas en guerra, es decir, de lo público y lo notorio de su pertenencia y rango en el ejército republicano.

Me cuentan que las dos mujeres llegaron, que hicieron noche frente al campo. Pasaron la noche oyendo las sacas, y vieron de cerca el reguero de sangre que dejaban los camiones a su paso. Imagino de nuevo la incerteza sobre esas sacas, esos camiones, sobre la validez del salvoconducto,… por saber al fin si su viaje iba a significar la ruina para el tanquista, para su primo, para ellas o para los cuatro. Pienso especialmente en la noche, cuando nuestra percepción de la realidad cambia, cuando todo parece más grave, más extraño, y pienso en aquellas dos mujeres, estremecidas por el sonido de las ráfagas, lejos de casa, solas…

Me acuerdo de ellas ahora, estos días en los que todo el mundo tiene miedo. 

Miedo a hablar, a opinar, a significarse, a tomar partido…

¿Cómo nos atrevemos a decir que tenemos miedo?… ¿Miedo de qué

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